La idea rondó por mi cabeza todo el día: debo conseguir una mascota para Killer. Necesita a alguien como yo lo necesito a él, un compañero para entretenerse mientras yo me dedico a mis multiples ocupaciones. Un alma gemela, igual y completamente distinta a la vez. De hecho, ya venía sospechando que su altercado con el carnicero era algo mas que una lucha por el hueso (del carnicero, la tibia mas exactamente).
Parece increíble, pero esa misma noche tope con eso que ven en la foto, y por supuesto, lo llevé a casa. No se movía, pero acerque mi cachete para sentir su aliento y estaba vivo. Así como lo recojí lo dejé en medio del living. Killer estaba inmovil también. Yo, por efecto imitación hice lo mismo. Duramos así, todos, unos veinte minutos. Después mi mascota se acercó al gato, pero yo seguía petrificado, pensando.
Debemos darle un nombre!, grite eufórico de repente, mientras Killer estornudaba en su afán de urgar el peludo trasero del gato. Todavía no se como llamarlo, porque volví a entrar en estado de trance, mientras imaginaba al perro y el gato correteando por prados con flores silvestres y música de Sandro. Desperté bruscamente por el ruido del espejo que caía sobre Killer partiendose en mas que mil pedazos. Miré a mi alrededor y parecía que un huracán había estacionado una temporada en el lugar. Killer estaba golpeado, mordido, arañado, incluso escupido. Pero mantenía su característica mirada desafiante fija en el gato (que seguía inmovil, sólo que ahora en la posición del avestruz como El Pequeño Ninja). En el brillo de sus ojos me pareció percibir, sutil, un dejo de amor, quizás el comienzo de una gran amistad.
Volviendo al tema de las mascotas
noviembre 19, 2008 por brian erasmus
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